sábado, 11 de junio de 2011

PENTECOSTÉS: JÚBILO POR LA COSECHA


El pueblo esclavo, agobiado por dura servidumbre, recibe la liberación a través de la mano fuerte del Libertador, para entrar en posesión de la tierra que fluye leche y miel. En el día de Pentecostés – cincuenta días después de la pascua – todo el pueblo traía las primicias de la cosecha, ofrenda de olor grato al Señor, ofrecida como gratitud por los frutos abundantes, producto de la tierra que el Todopoderoso había concedido a Su pueblo.
Ese día, el de Pentecostés, los discípulos de Jesús, después de la resurrección y ascensión del Maestro, ocurrió el derramamiento del Espíritu Santo; hecho trascendente que cambiaría para siempre la vida de estos sencillos hombres: Debilidad, temor y cobardía terminaría desde entonces, porque fueron investidos de poder desde  lo alto, como lo había prometido Jesús antes de Su muerte (S. Lucas 24: 49).
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2: 1 – 4).
Pedro, el apóstol, junto con los once, se levantó ante una multitud sorprendida y confusa por el fenómeno ocurrido, y predicó con la investidura del poder que se había posesionado de él. Ya no era el hombre pusilánime, que ante la presión del ambiente adverso había negado a su Maestro. Ahora hablaba y enfrentaba la situación con poder y autoridad, porque el Espíritu Santo había tomado posesión de su vida.
La cosecha, las primicias, ese día fue abundante, como tres mil personas, compungidas de corazón, tocadas por el Espíritu, dijeron a Pedro: ¿Qué haremos? Estos, algunos participantes directos de la muerte de Jesús, se arrepintieron de sus pecados, nacieron de nuevo, se bautizaron y recibieron la promesa del don del Espíritu Santo y se añadieron al Reino de Dios.
Pentecostés es mucho más que un día especial para recordar. Significa la llenura de Su Espíritu, el que había sido prometido por Jesús y sus apóstoles. – “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2: 39). Significa que ese poder es el único eficaz para romper la dureza de los corazones que se oponen a los designios de Dios. Porque nuestras fuerzas e inteligencia no alcanzan. Sólo la fuerza sobrenatural del Espíritu puede quebrantar al hombre y darle conciencia de pecado, para encontrar el remedio que sanará sus heridas: Jesucristo. 
Hoy, todos necesitamos esta llenura, la investidura del poder de Dios, para ser testigos verdaderos de Jesucristo. Es para ti, mi hermano, porque así Él lo prometió.

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