miércoles, 1 de junio de 2011

Tú debes saldar tu deuda



Nuestra sociedad actual, con sus diferentes y complejas necesidades, aunque estas provengan de sus desaciertos, es merecedora de una respuesta adecuada de parte de la iglesia. Jesús, cuando vio a las multitudes dispersas como ovejas que no tienen pastor, tuvo compasión de ellas. Además, Él avanzó más allá de los sentimientos y dio la respuesta adecuada a las necesidades: Los que habían errado en el pecado, al encontrarse con Él recibían perdón; los enfermos eran sanados y los afligidos consolados. Nunca alguien salió vacío de Su presencia.

Aún los religiosos y opositores fanáticos eran objetos de la atención del Maestro. Aunque eran duras las palabras que les fueron dirigidas, estaban impregnadas con amor. Eran  adecuadas y oportunas, las que apuntaban a revertir la dureza de sus corazones. Siempre daba el remedio que sana. En todos los casos, lo que hacía Jesús apuntaba a reconciliar al hombre con Dios.

Hoy, en medio de tantas nebulosas y rumbos inciertos, se hace necesario que la iglesia se replantee estas preguntas: ¿Cuál es nuestra función en este mundo? ¿Qué es lo que debemos a nuestra sociedad para saldar con ella nuestra deuda? Pablo, el apóstol, nos clarifica: “Nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Cor.5: 18).  Pedro, el apóstol, nos muestra para qué existimos, cuál es nuestra misión primordial en el mundo: Para que anunciéis las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1Pedro 2: 9).

“A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor” (Rom. 1: 14). Somos deudores a todos los segmentos de nuestra sociedad. Las necesidades del alma van más allá de la indigencia económica, o de la estrechez intelectual. Envuelve a los llamados estratos alto, como al que vive en extrema pobreza, el que está situado por debajo de lo mínimo. Por tanto, somos deudores a todos ellos.

A nuestra sociedad no debemos una respuesta científica; aporte de ideas políticas; solución a la destartalada economía; ni aun forzar el cambio de los sistemas corruptos imperantes. Estos apenas son las consecuencias de la ruptura de relaciones del hombre con su Creador. Lo que urge es  la reconciliación personal del hombre con Dios. Sólo el hombre nuevo puede traer la esperanza de un mundo nuevo.

 Esta es nuestra deuda pendiente que debemos saldar.


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