“No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí. Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (Filipenses 4: 12 –14) NVI.
Estos pasajes nos hablan del andar cristiano, específicamente que cuando iniciamos algo debemos imponernos la necesidad de continuar con constancia, perseverando en el mismo, aunque la meta parezca muy distante. Con la inteligencia de que no siempre las circunstancias nos serán favorables. Entendiendo que los obstáculos forman parte del camino. Estos serán como los eslabones de una larga cadena que amenizarán la vastedad de nuestro andar, las que harán que nuestros pasos no se conviertan en una tediosa rutina. “Olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta... “, nos insta Pablo.
Es penoso observar el andar de no pocos inconstantes. Estos siempre quedan por el camino sin haber concretado nada. Siempre están comenzando. Nada concluyen, porque no se atreven a enfrentar lo que les resulta difícil, o en apariencia imposible. Santiago nos advierte que este tipo de personas nunca recibirá nada. “El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”, afirma (Santiago 1: 8).
Cierta vez, un anciano me dijo: “La vida, con sus sinsabores y frustraciones, es cruel y tiene cara de hereje”. No resulta extraño observar que algunos llegan a la vejez vacíos de realizaciones en su haber, cuando sus mermadas fuerzas les postran en la impotencia y se caracterizan por sus sentimientos de frustración y opacados por la amargura. Como un justificativo de la inoperancia que caracteriza a los tales, siempre están culpando a todo el mundo de sus desgracias; y, lo más penoso, se resienten contra aquellos que han alcanzado algún éxito. Así ocurre cuando en ellos se han acentuado hasta el extremo las fuerzas negativas que no fueron superadas. En vez de gozar de una vejez digna por haber cumplido un propósito, deben debatirse, presos de la amargura, en el rumiar de las imposibilidades de su infeliz pasado, el que le condenó a la triste condición de un fracasado.
Es resaltante la diferencia que vemos en un hombre como Pablo, que, en pos de la obediencia al llamado de Dios, enfrentó de todo: Sufrimientos, persecuciones, cárceles, abandono y obstáculos innumerables. Ya anciano, tal vez sin fuerzas físicas, pero con la máxima altura espiritual, y con la satisfacción de haber llegado a la meta, exclamó: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4: 7).
Algo que me enseñó el Altísimo, a través de los largos años que me ha concedido, es: Las dificultades que se presentan, nunca se deben rehuirlas, tratar de esquivarlas, sino enfrentarlas con el poder de Su Fuerza, y si fuere posible, comenzando con aquellas que no sentimos ganas de encararlas; porque estos incidentes, aunque sean desagradables y hasta agobiantes, una vez superados, me capacitarán para enfrentar las que a continuación vendrán. “Cuando ya no me queda aliento, tú me muestras el camino. Por la senda que transito” (Salmo 142: 3), es la promesa de nuestro Dios. Cuando esto asumimos como designio de La Mano Guiadora, tendremos más allanado el camino para dar el siguiente paso, sin la aprensión, el temor de empantanarnos en el lodazal de la desidia; de dar marcha atrás; de extraviarnos en las marañas insidiosas de las distracciones; de atajos que aparentan llevarnos por un camino más corto, sin sufrimientos, que nos harán llegar más rápido, con menor gasto de energías. Si no esquivamos El Camino, y nos negamos a transitar por la senda del común de los hombres, avanzaremos en dirección de lo trascendente: la relevancia de Sentir la emocionante dirección de una Mano Invisible, que un Ser Superior está detrás de nuestros pasos, de cada etapa que nos proponemos superar. “Con tu apoyo me lanzaré contra un ejército; contigo, Dios mío, podré asaltar murallas”, exclama David con la convicción de alguien que en su andar se ha evidenciado la mano de Dios. (2 Samuel 22: 30).
Un paso importante en el desarrollo de nuestra personalidad y carácter cristiano, ocurre cuando las dificultades dejan de hacer mella en nuestro espíritu, motivos de quejas y lamentos; en cambio, las vemos como fuentes de virtudes, oportunidades, espacios que se nos abren, las que nos catapultarán a una mayor altura, y que deben ser escaladas peldaño por peldaño. Cuando hemos llegado a marchar de esta manera, resulta menos probable la estrepitosa caída, de la que están expuestas las que han tomado los atajos aceleradores del proceso, porque uno se sostiene por el suministro de la gracia recibida y la experiencia lograda.
Es esencial entender que el propósito de nuestro Padre es encaminarnos a una constante elevación, que apunta a la perfección. “Quiero triunfar en el camino de perfección: ¿Cuándo me visitarás? Quiero conducirme en mi propia casa con integridad de corazón. No me pondré como meta nada en que haya perversidad” (Salmo 101: 2 – 3). En cambio, el propósito del enemigo se orienta a nuestra destrucción, quien detrás de cada dardo lanzado, apunta como primer objetivo a nuestra degradación, para así tener vía libre para su objetivo final: La destrucción total. Sin embargo, el que diseñó nuestra vida, Jesús, nos afirma: “El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10: 10). Es esta vida abundante que Jesús me da la que me sostendrá en el camino. Me dará la victoria; y así, tomado de Su mano, junto con Él puedo avanzar.
Aunque las predicciones apuntan en su mayoría a un nuevo año de crisis en los diferentes ámbitos que nos tocará enfrentar, con Jesús esperamos un año de victoria y de bendiciones renovadas. Con Él seguiremos avanzando esperando llegar a la meta final, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
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