Lectura bíblica: Mateo 14: 13 – 16
“Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió a pie desde las ciudades. Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos. Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer. Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadle vosotros de comer”
Cuando analizamos el contexto del milagro de la alimentación de los cinco mil hombres, por un lado, en el horizonte se avizoraban nubarrones de persecución. Herodes acababa de decapitar a Juan el Bautista. Los discípulos de éste, luego de enterrarlo, alarmados, dieron la noticia a Jesús, Quien optó por subir a una barca para apartarse con sus discípulos a un lugar desierto. Él entendía que no era prudente agitar, turbar, ni exponer la incipiente fe de sus discípulos, quienes todavía no estaban preparados para enfrentarse a situaciones de extrema peligrosidad. Aún no había llegado la hora. Lo más prudente era quietud y descanso. Si un cobarde como Herodes mandó matar a Juan para complacer a una adúltera resentida, era probable que se animaría a repetir su macabro hecho con Jesús y sus discípulos, tomando en cuenta que le perseguía la obsesión de que Jesús era Juan que había resucitado (Lc. 9: 7 – 9).
Por otro lado, había una gran multitud hambrienta por oír más las palabras de vida, que en forma certera hacía blanco en sus corazones, que realmente les llenaba. Nunca antes nadie les había hablado así. Dichas palabras cobraban vida al suplir sus necesidades. Una luz de esperanza se irradiaba en estos rostros ásperos, endurecidos por tantas frustraciones, por palabras vacías y promesas incumplidas. Sentían y veían que Dios mismo les hablaba sanando sus corazones, intervenía en sus necesidades y sanaba sus enfermedades físicas. Estaban absortos, prendados, embriagados. El aliciente que recibían era algo que jamás habían experimentado. Sus estómagos vacíos, la distancia que les separaba de sus hogares, ni la cercanía de la noche haría posible que se movieran de allí.
Los discípulos no captaron ni dimensionaron lo que estaba ocurriendo en estas almas. La preocupación de ellos se centraba en lo circunstancial: Cómo alimentar a tantas personas; esto les impulsó a aconsejar al Maestro que los despidan y que vayan a otro lugar a buscar alimento. En el plano natural, en la apreciación humana, entendieron los discípulos que era todo lo que podían hacer. Pero la visión de Jesús se extendía más allá de la comprensión humana. Jesús visualizaba una dimensión diferente: transformar la dificultad en oportunidad para el Reino.
“No tienen necesidad de irse; dadle vosotros de comer” fue la respuesta de Jesús. La minucia de la que disponían, cinco panes y dos peces, en las manos de Jesús era suficiente para suplir las necesidades de tan grande multitud.
Hoy, lastimosamente, para vergüenza nuestra, a las multitudes hambrientas, heridas y sumidas en la desesperanza “la iglesia les manda a las aldeas para que compren pan”. No tiene la respuesta, y lo más cómodo, ante la impotencia, es deshacerse de ellas, inventando excusas para no movernos de nuestra comodidad. Que la distancia, la noche, la poca disponibilidad, el tiempo... La orden del Maestro fue, y sigue siendo hoy: “No tienen necesidad de irse, dadle vosotros de comer”. Lo normal, como Iglesia de Cristo, es que deberíamos tener la comida que la multitud desconcertada necesita. La respuesta que buscan. “No necesitan ir”, no deberían ir con las manos vacías, porque nosotros, como siervos de Cristo, hemos recibido la orden y la potestad de suplir sus necesidades.
En Mateo 24: 45 dice: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a su tiempo? Si te consideras un siervo fiel y prudente; si tienes la convicción de que tu Señor te puso sobre su casa, estás para dar el alimento a su debido tiempo, lo cual significa dar el alimento adecuado en el tiempo adecuado. Así como es importante la calidad del alimento, lo es en el tiempo adecuado. En el griego la palabra “tiempo” se traduce al español con dos acepciones que denotan significaciones diferentes: “Cronos”, que es la duración de un período de tiempo, indica cantidad. “Kairos”, sin embargo, significa oportuno, de acuerdo con la necesidad y las circunstancias, épocas caracterizadas por ciertas peculiaridades. Indica calidad. Lo opuesto sería “Akairos”, que es fuera de sazón, inoportuno.
No se trata de tirar la comida “al voleo”, a quién llegue y dónde llegue. El siervo fiel y prudente tiene una palabra – comida – para cada situación, contexto y necesidades. Siempre dispone de comida para dar de comer. Tiene la comida adecuada y conoce el tiempo adecuado para alimentar a su debido tiempo.
Igual como en los tiempos de Jesús las multitudes hoy están hambrientas, ávidas de escuchar palabras de vida; de recibir la adecuada respuesta a sus necesidades; de revertir sus frustraciones y desesperanzas. Tú y yo tenemos – debemos tener – lo que ellos necesitan. Grabemos en nuestro corazón y mente lo que Jesús nos manda: Dadle vosotros de comer.
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