lunes, 13 de diciembre de 2010

DESARROLLO, CONFORMISMO Y ESTANCAMIENTO

Lectura bíblica: 2 Pedro, 1: 3 – 10.

LA GRACIA QUE NOS ES CONCEDIDA POR SER PARTICIPANTE DE LA NATURALEZA DIVINA (v. 3, 4).

El suministro de la Gracia es la que nos eleva. Y esta nos es concedida a causa de ser participantes de la naturaleza divina, la que significa poseer la vida de Dios como fuente de nuestra conducta. Por medio de ella podemos imitar Su modo de pensar, de obrar y amar, como nos indica Efesios 5: 1: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados”.  Dicha virtud se identifica en el andar de los hijos de Dios. Y sólo poseyendo la naturaleza divina es posible el “añadid…” para el desarrollo de nuestra vida espiritual y el desenvolvimiento de nuestro servicio.

Hoy, como nunca, en este tiempo de cambios violentos en todas las cosas, de las que no están exentas las iglesias, resulta imposible siquiera subsistir si quedamos detenidos en el tiempo. El estancamiento, que significa la muerte, es la amenaza más seria que se cierne sobre el rezagado, el reacio a enfrentar los desafíos del presente, el que no  ha desarrollado las virtudes que la gracia divina provee al que procura superarse. Hay algo que la Palabra nos exhorta hacer para no caer jamás en las garras del conformismo y consiguiente estancamiento y muerte: “Procurad hacer…” (2Pedro 1: 10).

En la lectura bíblica hay siete cualidades que el apóstol nos insta añadir a nuestra fe, las sintetizaremos, analizándolas, en tres áreas  específicas:

1 – DESARROLLO DE RELACIÓN CON DIOS.

Pedro da por sentado, en el verso 5, el acto de creer, que es la fe necesaria para recibir salvación, que por cierto es el que da inicio a nuestra relación con Dios. Sin embargo, la connotación de fe de la que el apóstol nos está señalando, es de una actitud que permanece aun ante las circunstancias adversas, por el suministro de la Gracia. Esta calidad, o dimensión de fe es la que da crecimiento - añade - a  nuestra relación con Dios.

 La actitud de fe asumida ante las circunstancias son las que hacen que podamos ir añadiendo las virtudes necesarias para enfrentar los desafíos posteriores. Es por esta vía, aunque a veces difícil de entender, la que nuestra mente se va identificando con la mente de Dios, conocemos como Él piensa, porque Pablo dice que “tenemos la mente de Cristo”.  Si esto se hace realidad en nosotros, entonces dejamos de mortificarnos con estériles luchas internas, luchas originadas en el desconocimiento de los designios de Dios, porque Dios no piensa como el hombre, según Isaías 55: 8.

Al recibir por gracia la naturaleza divina y al asumir con actitud de fe mi condición de hijo, por tener la mente de Cristo, pienso y puedo actuar como Él, y andar como Él anduvo.

De esta misma connotación de fe es la que nos habla en Hebreos 11: 1: “La sustancia de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Todo el capítulo 11 de esta carta nos señala  la actitud de fe de los aprobados por Dios. Los que en las circunstancias más adversas se sostuvieron como si estuvieran viendo al invisible. (Hebreos 11: 27). Estos héroes de la fe no se amilanaron aun ante los más crueles sufrimientos. Al contrario, estas circunstancias entrelazaron en ellos más fuertes lazos de fe y fortalecieron con bases más sólidas la relación con Dios. Las difíciles y amargas situaciones que ellos experimentaron no les resultaron mermas, sino que redituaron como valor agregado a la fe. Salieron fortalecidos y desarrollados.

2 – DESARROLLO DEL CARÁCTER CRISTIANO.

La dimensión de fe comentada anteriormente, conlleva la virtud del dominio propio, la que junto con la paciencia moldean, forman, a veces con golpes, nuestro carácter.  El dominio propio es uno de los frutos del Espíritu, citado por Pablo en Gálatas 5: 23 - N.V.I. Y es un componente indispensable del carácter cristiano: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2Tim. 1: 7). El dominio que uno debe tener de sí mismo es el primer paso. Esto implica, prioritariamente, el dominio de nuestras pasiones y temperamento. Las mismas son cruciales, porque la eficacia o el fracaso de nuestro liderazgo, dependerá de la dosis de dominio propio añadida a la fe. Los dones y talentos sólo  son eficaces cuando son aplicados por personas con dominio propio.

Las virtudes que Pedro nos insta a añadir, no son otra cosa que las virtudes y atributos que Jesús demostró con su andar en este mundo. La aspiración constante de un líder, aunque luzca dotado, brillante y talentoso, debe ser el reflejo y desarrollo de las virtudes por estar unido con Cristo. Porque sólo entonces los dones recibidos por gracia, servirán para glorificar a Dios; si no, puede terminar en una estrepitosa caída. “Porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación”  (Lucas 16: 15). El dominio propio hace que yo siga avanzando con las virtudes que Cristo ha añadido a mi vida, y no con mis talentos naturales. “Porque haciendo estas cosas no caeréis jamás”, es la receta del apóstol.

3 – DESARROLLO  INTERRELACIONAL.

El afecto fraternal (Philadelphia) y el amor (Agape) es la culminación del desarrollo de nuestro carácter cristiano, la que se expresa, sin fingidos esfuerzos, en la comunión de los santos. El amor no es opcional; es un mandamiento de Jesús: “Esto os mando: Que os améis unos a otros” (Jn. 15: 17). La práctica del amor verdadero, sólo es posible cuando el amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, según Romanos 5: 5 – “Nos fue dado”, es la frase que identifica la procedencia del amor que viene de Dios.

Una antigua canción expresa los siguientes conceptos acerca del amor: “El amor siendo humano, tiene algo de divino. Amar no es un delito, porque hasta Dios amó…”. Dichas expresiones nos dan la pauta de qué y cómo se entiende en el mundo el amor. Apenas lo entiende en su aspecto sentimental, pasional y egoísta. Hay los que confunden el amor con la permisividad. Como aquel padre que “ama tanto” a sus hijos y los cría  sin ninguna restricción; estos piensan que a los niños se deben dejar hacer lo que ellos quieran, sin limitaciones, para no traumarlos. Lastimosamente que, cuando se dan cuenta de cuán equivocado estaban, ya había sido demasiado tarde. Estos desdichados e indefensos jóvenes, desprovistos de herramientas para defenderse, ya se hallaban  atrapados en las garras de las drogas, o en la delincuencia. El amor verdadero, aquel que añade y edifica, incluye como componente indispensable ciencia, conocimiento, discernimiento y sabiduría, según Filipenses 1: 9.

Sólo el amor de Dios puede llegar al extremo de dar, y dar lo más valioso, lo que más ama: Su Hijo. T. E. McCully era el padre de Ed McCully, uno de los cinco jóvenes misioneros muertos por los indios aucas en Ecuador. Una noche, orando de rodillas, dijo: “Señor, déjame vivir lo suficiente para ver salvados a los que dieron muerte a nuestros chicos, y que pueda echar mis brazos alrededor de ellos, y decirles que los amo porque ellos aman a Cristo”. Esto es amor cristiano – cuando uno puede orar por los culpables asesinos de tu hijo – Comentario Bíblico de William MacDonald - . Efectivamente, Dios oyó la oración de este padre porque en su corazón había sido derramado el amor de Dios por el Espíritu Santo: Los asesinos de su hijo, con el correr del tiempo, fueron salvados por Jesucristo y hoy él puede abrazarles como hermanos.

Concluyamos con esta verdad, simple, pero crucial y contundente: Si no añadimos virtudes y desarrollamos, retrocedemos. Yo quiero añadir.






  

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