El gozo, como la esperanza, es una situación, un estado espiritual, que se instala en el recipiente interior del ser humano. Cuando alguien llega a poseerla, puede ser inquietada, perturbada, pero nunca alterada por las cuestiones circunstanciales que a todos nos ocurren en este ajetreado mundo.
Nadie está exento en esta vida de cuestiones desagradables; sucesos que nos perturban y que llegan a tocar nuestras fibras más íntimas, que en muchos de los casos tienden a alterar nuestra personalidad y cambiar nuestro comportamiento y hasta nuestro estilo de vida.
Esto ocurre si nuestro espíritu no está preparado. La situación nos supera, nos agobia; nuestro estado de ánimo decae y podemos llegar a situarnos en el borde del abismo de la desesperanza. Parece que todo se derrumba. Los caminos se vuelven infranqueables; aparecen muros inexpugnables por los cuales embestimos. Estos apuntan a nuestra derrota, inhibición y postración, y pueden llegar a abrir profundas heridas en nuestra alma, para las cuales no existen drogas que las sanen. Sólo la ayuda de un Poder Superior puede contrarrestarla.
Pablo, el apóstol, llegó al punto de exclamar: “Estábamos tan agobiados bajo tanta presión, que hasta perdimos la esperanza de salir con vida: nos sentíamos como sentenciados a muerte. Pero esto sucedió para que no confiáramos en nosotros mismos sino en Dios, que resucita a los muertos. Él nos libró y nos librará de tal peligro de muerte. En Él tenemos puesta nuestra esperanza, y Él seguirá librándonos. Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día” (2 Cor. 1: 8; 4: 16).
Lo que el apóstol, a través de su experiencia personal, nos está indicando es: Cuando más arrecian las presiones, los agobios desgastantes, más fuertes se tornan nuestra esperanza.
Con el Dios de esperanza morando en nosotros, podemos enfrentar todos los desafíos de este tiempo, con fe y esperanzas renovadas. Con convicción de que nos espera un tiempo nuevo de bendiciones abundantes; aferrándonos a esta promesa: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?” (Rom. 8: 31)
Avanzando con esta brújula como nuestro norte, caminemos en este tiempo con gratitud, con la mirada puesta en Jesús, única fuente de esperanza duradera.
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