lunes, 18 de abril de 2011

La Iglesia Confrontada con los Cambios Actuales


Nadie que no esté dispuesto a estancarse podrá obviar los cambios que se dan en este tiempo, los que inexorablemente nos afectan y envuelven con un arrastre arrollador. Los paradigmas culturales, sociales y religiosos de apenas veinte años atrás, para muchos ya prescribieron, ya son historias remotas e ignoradas por una mayoría. Son tan rápidos los vientos de cambios, que aun la extensión de una generación a otra se ha acortado.

El avance tecnológico ha abierto tremendas brechas generacionales: el padre ya no entiende por qué sus hijos tienen nuevas aficiones.  Las nuevas habilidades y gustos que ejercita un joven muchas veces ya no está al alcance ni al gusto de su progenitor. Los intereses se polarizan y las distancias se ahondan, los cuales desembocan en irreconciliables desinteligencias. Un ejemplo tenemos en los ritmos musicales: el que se aferra al ritmo Anglo-Sajón y el que exige coros adaptados a la onda musical de hoy.

Si bien existen asuntos a los que debemos aferrarnos con firmeza, existen otros en los que debemos ser flexibles. Necesitamos luz y tacto divino para discernir qué es un esnobismo nocivo, y en qué tenemos que ser flexibles; y, sobre todo, estar dispuestos a rectificarnos para ponernos al día; o ratificarnos para no ser arrastrados por la vorágine esnobista y desviarnos de La Senda, tan sólo por el afán de seguir los dictados de la moda vigente.

La aplicación del cambio, como la posición firme, implica coraje, sana determinación y predisposición desapasionada. Las costumbres arraigadas en nosotros no se extinguen como ropa de recambio. Llegan a ser parte de nuestra existencia. Despojarnos de ellas no es tarea fácil. No obstante, no hay excusa válida cuando algo tenemos que derribar, considerando que estas se han vuelto un anacronismo. Si no queremos quedar detenidos en el tiempo, debemos predisponernos a enfrentar las exigencias actuales.

En todos los quehaceres existen cosas que ya no pueden funcionar. Por ejemplo: el almacenero de antaño, ubicado detrás de su rústico y descolorido mostrador y su clásica estantería de madera con la variedad de productos ubicados en forma desordenada; su espacio para los borrachitos, quienes exhibían sus innúmeras miserias, reflejadas en sus amoratados rostros y paupérrimas vestimentas, quienes espantaban a los clientes que no llegaban en busca de alcohol. Dicho estilo comercial fue condenado a morir por no haber evolucionado acorde a las exigencias actuales.

Todos los ámbitos, sin excepción, han quedado afectados en una u otra manera por la corriente febril de lo nuevo, lo fresco y lo actual. La esfera eclesial no es la salvedad. Para estar en vigencia, no se puede sustentar las mismas estructuras rígidas, métodos organizacionales de las actividades y formas de cultos que no exhalen frescura y transmitan actualidad.

El contexto donde hoy se desenvuelven las iglesias no son las mismas de las de décadas pasadas. El centro de la sociedad ya no es la iglesia, alrededor del cual se desarrollaban la mayoría de las actividades. La nueva generación ha llegado a conceptuar su esfera de pensar y accionar, de tal modo, que hoy se rigen por paradigmas diferentes, concebido valores opuestos a los tradicionales; a tal punto, que odiosamente resisten la obstinada insistencia de enclaustrarlas en los estrechos moldes de rancias y caducas tradiciones.

Pero estemos atentos que, al dar pasos al “aggiornamento” (puesta al día), debemos entender que, en esencia, el Mensaje Eterno del Evangelio es inmutable, la forma de su presentación no puede alterar su contenido. La Palabra de Dios no puede cambiar; ni necesita del aditivo de “nuevas revelaciones”, porque sus principios y procedencia están delineados y sellados con visos de eternidad.

El propósito del Soberano no está sujeto a los vaivenes de los nuevos conceptos, más aún para los que ya no encuentran diferencia entre lo precioso y lo vil. Tampoco los enfoques deben dejar de centrarse en Dios y en el afán supremo que Él anhela: la reconciliación con el hombre.

No se encuadra con Su propósito la incursión en las marañas de las discusiones politiqueras, ni en las proclamas que alientan exclusivamente a la prosperidad económica y otras similares, las que apuntan esencialmente al cultivo del egoísmo, y no precisamente a glorificar el Nombre de Jesucristo, que, según La Palabra, es – debe ser – nuestro culto racional, el que se ofrece ante el Altar de Su Trono en sumisión y entrega al acatamiento de Su voluntad (Romanos 12: 1).

Si el Espíritu Santo nos da sabiduría en la inteligencia para discernir y escoger entre lo inmutable y lo transitorio, los cambios que apliquemos serán benéficos, renovadores, que nos ayudarán en la difusión, sin tropiezos, de La Palabra de Vida, y así avanzaremos sin acusar el impacto de las afectaciones negativas, sino que la renovada frescura de los cambios nos servirán para enfrentar los nuevos desafíos que se presentan.

Consideremos desapasionadamente esta realidad: Las formas son pasibles de cambios; pero el contenido del Evangelio es inmutable.

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